Anécdota de terror
Te voy a contar algo que me pasó hace poco.
Esto ocurrió hace unos meses, cuando me quedé sola en mi casa un fin de semana. Mis papás salieron de viaje y yo estaba feliz al principio, porque por fin tendría la casa para mí sola. Todo estuvo normal el primer día… hasta la noche.
Eran como las 2:30 de la madrugada cuando me desperté. No sé por qué, solo abrí los ojos de golpe. Mi cuarto estaba completamente oscuro, pero sentía… como si alguien estuviera ahí conmigo.
Pensé que era mi imaginación. Tomé mi celular para ver la hora, y en ese momento escuché un ruido en el pasillo.
Pasos.
Lentos.
Como si alguien caminara descalzo.
Me quedé congelada. Intenté convencerme de que era el gato de la vecina o algo así, pero no tenía sentido… mi puerta estaba cerrada.
Entonces los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta.
Silencio total.
Y de repente… tocaron.
Tres golpes suaves.
No contesté. No me moví. Sentía que si hacía el más mínimo ruido, lo que estuviera afuera sabría que estaba despierta.
Pasaron unos segundos… y escuché algo peor.
Una voz.
Era la voz de mi mamá.
“¿Ya estás dormida?”
Se me heló la sangre. Mis papás no estaban en la ciudad, yo misma los había visto irse. Intenté hablar, pero no pude. Solo me quedé mirando la puerta.
La voz volvió a hablar, pero esta vez sonaba… rara. Como si estuviera imitando.
“Ábreme.”
Los golpes regresaron, pero ahora más fuertes.
Me tapé con la cobija y no respondí. No sé cuánto tiempo pasó, pero en algún momento todo quedó en silencio. Debí quedarme dormida del miedo.
A la mañana siguiente, lo primero que hice fue revisar la puerta.
Tenía marcas.
Como si alguien hubiera arrastrado las uñas desde arriba hasta abajo.
Desde ese día, duermo con seguro… y nunca, nunca vuelvo a abrir la puerta si escucho a alguien llamar en la madrugada.
Porque lo que estaba afuera… sabía exactamente a quién imitar.
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